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miércoles, 27 de abril de 2011

La esfinge me tuteaba


Me había enamorado de su caducidad, de sus ojos marcados, del temblor del tejido epitelial, de sus huesos. Presentía el esqueleto gótico debajo de su carne, un esqueleto artesanal. Amaba su decadencia, su condena al envejecimiento. Mi amor se deleitaba en lo que intuía que la edad haría con ella. Me había enamorado de su osteoporosis.

De joven, la llamaban bomboncito. Cuando la veía en algún vídeo, con veinte años –los vídeos de Richard que Pablo conservaba, cerdo nostálgico–, me parecía demasiado saludable.
Con la edad había ganado... ¿espiritualidad? No creo, ni nada parecido: con el tiempo se había hecho más fina. Había perdido tejido adiposo. La edad añadía inteligencia a cada uno de sus gestos.
Desnuda en la cama era ofensivamente carnal. Saliendo de la ducha, verde por la luz de la ventana, su sexualidad tenía un matiz frágil. Verla desnuda era una invitación al carpe diem.
Me echaba a llorar de amor pensando en sus radiografías, y se lo dije a Pablo, pero me contestó que eso ya salía en La montaña mágica. Me fundía en sus huesos cónicos, dulces, tuétanos. En sus manos de hojarasca.
Desnudos en la cama y yo ya no tenía miedo de deleitarme. La esfinge me tuteaba. Tanto me había desviado de mi camino, cualquiera que fuese, que aquí estaba, dentro de ella, haciendo planes para una felicidad futura. Nunca he sido menos yo.


Fragmento de la novela Vida de Pablo, de Carlos Pardo (Periférica, 2011)

domingo, 17 de abril de 2011

Ugo Cornia: Sobre la felicidad a ultranza

El mundo de hoy se ha convertido exclusivamente en una losa de mármol sobre mi cabeza y tal vez sobre otras cabezas. Y hay veces que no sólo parece una losa de mármol, parece una losa de nada.

Por eso, cuando en alguna ocasión, por cualquier motivo que pudiera ser importante, pensaba en arrojarme por la ventana, y me imaginaba que superaba la barandilla alzando la pierna, en ese justo momento siempre pensé al instante que no había ninguna necesidad, y que sería un acto completamente inútil, porque vivo desde siempre como uno que nada más nacer fue arrojado en el acto por una ventana al igual que los demás, y precisamente gracias a este modo de vivir estoy la mar de bien.


Del libro Sobre la felicidad a ultranza, de Ugo Cornia (Módena, Italia, 1965), publicado por Periférica (2011)